Algunas personas nos demuestran que es posible asumir el sufrimiento de la vida, utilizarlo como agua de molino y transformarlo alquímicamente en combustible para un servicio desinteresado, ya que llevan años y años dedicándose a la entrega compasiva de mujeres y hombres en su última etapa vital. El inicio del mes de noviembre es particularmente propicio para reflexionar sobre esta realidad. El día 1 se celebra la Festividad de Todos los Santos, mientras que la jornada posterior alberga la de los Fieles Difuntos. Yo, otro año más, recordaré a quienes me precedieron en el tránsito a la otra vida de idéntica manera a como lo hago a diario. En mi mente y en mi corazón siguen estando junto a mí. Siento su presencia y su aliento. Guardo su ejemplo como el bien más preciado y trato de no defraudarles con mis actos allá donde estén. Rezaré, pues, por ellos, y les pediré que nunca me dejen sola y que me ayuden a acertar en mis decisiones. Y no dejaré de darles las gracias eternamente por haberme querido tanto y tan bien, y por haberme dejado como herencia una fe que me esfuerzo en conservar y transmitir. Su estela guiará mis pasos eternamente. Limpiaré de nuevo sus lápidas y colocaré bellas flores sobre sus restos. Desconozco el hogar donde residen sus almas, pero sé que lo que queda de sus cuerpos, que tantas veces besé y abracé, reposa bajo una tierra que, mientras no me fallen las fuerzas, exhibirá orgullosa, a salvo del barro y las malas hierbas, los colores y los aromas de la naturaleza.
Myriam Z. Albéniz