En este momento estás viendo LA SANTIDAD, EL ARTE DE LLEGAR A SER UNO MISMO

¿Para qué existe un cristiano? El cristianismo tiene una meta fundamental: llegar a Dios, es decir, alcanzar la santidad. No se trata de una aspiración reservada a unos pocos privilegiados, sino del horizonte de toda vida cristiana. Como escribió san Pablo: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4,3).

Solemos imaginar a los santos como personas extraordinarias, alejadas de nuestra realidad. Sin embargo, la santidad no consiste en abandonar nuestra humanidad, sino en llevarla a su máxima plenitud. San Ireneo de Lyon expresó una intuición profunda: «La gloria de Dios es el hombre viviente». Dios no quiere seres humanos disminuidos, sino personas plenamente vivas.

Santa Teresa de Jesús comprendió que la santidad no es una cuestión de apariencias religiosas, sino de transformación interior. Su conocida expresión «La humildad es andar en verdad» nos recuerda que nadie puede acercarse a Dios viviendo de ilusiones sobre sí mismo.

También San Agustín formuló una de las grandes inquietudes humanas: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Podemos alcanzar prestigio, bienestar y reconocimiento social; sin embargo, ninguna de estas conquistas responde por completo a nuestra sed de infinito.

La santidad no es una competición por ser mejores que los demás, sino un ca-mino hacia nuestra verdadera identidad. Cada santo llegó a Dios por una historia diferente. Hay santos intelectuales, contemplativos, apasionados, alegres y hasta temperamentales.

En la fiesta de Todos los Santos celebramos esa diversidad. Dios no nos llama a ser copias de otros santos, sino a descubrir la persona única que podemos llegar a ser en Él.

Quizá la pregunta más importante no sea cuántas cosas religiosas hacemos, sino esta: ¿en qué clase de persona me estoy convirtiendo?

P. Daniel