Una nota destacada en San José es el silencio que le acompaña a lo largo de toda su vida. El Evangelio no nos conserva ni una sola palabra de San Jo-sé. Todo lo hace y vive en silencio. “Hizo como el ángel le había mandado´” (Mt 1,24). También en el silencio del desierto, Jesús preparó y programó la predicación del Reino de su Padre (Lc 4,1.14). Este silencio nace de un trato íntimo con Dios, que te enseña que el silencio es más elocuente que las palabras y te dispone para escuchar a Dios y llenarte de él, que habla en el silencio y en el silencio debe ser oído.
Se da en San José un silencio doloroso cuando sorprende a su esposa esperando un hijo sin saber él nada. Rumiando la circunstancia en el silencio, calla y guarda un profundo y absoluto silencio. En calma, en paz, en serenidad silenciosa y profunda, busca en su interior cómo resolver el asunto. El silencio es la mejor comunicación cuando el corazón rebosa de amor. No pierde la calma, permanece en silencio, en un silencio doloroso causado por el silencio de Dios, que encontró su momento supremo en la muerte en silencio y soledad de Cristo Jesús. En ese silencio, el ángel del Señor lo ilumina con estas palabras: José, hijo de David, no temas tomar a María, tu esposa, contigo en tu casa, porque lo que se ha concebido en ella es obra del Espíritu Santo (Mt 1,20).
Enséñanos, José:
Cómo se es grande sin exhibirse,
cómo se lucha sin aplausos,
cómo se avanza sin publicidad,
cómo se persevera y se muere sin esperar un homenaje,
cómo se alcanza la gloria desde el silencio.
Dínoslo en este tu día, buen padre José.
Ángel Fernández Mellado