EXAMINEMOS NUESTRA FE

Job 38. 18-11 | Segunda a los Corintios 5, 14-17 | Marcos 4 35-41

Quienes viven cerca del agua en sus diversas manifestaciones saben de ella más que quienes viven tierra adentro. Incluso hoy día, también quienes viven tierra adentro se acercan al mar. Que es para ellos una experiencia feliz. No siempre el agua es mansa.     También el agua se encrespa a veces y jugar con ella tiene sus dificultades y riesgos.

 La experiencia de Jesús y de sus primeros seguidores, que conocían bien el mar, tuvo momentos difíciles. Y desde entonces, el agua tiene para los seguidores de Jesús un interés especial, porque ella también fue cátedra para Jesús. Como lo fue para muchos Santos. Santa Teresa de Jesús era de tierra adentro (Ávila) y pocas personas han sido tan amigas del agua como ella. Aunque no dejo de comprender que si nos sobra, nos mata.

Las tormentas del cristiano

La vida del cristiano se espeja en una caminata por el mar. Tiene momentos fáciles, agradables y sobre todo significativos. Y tiene momentos difíciles, mortales. A muchos se les ha tragado el agua y cuando se convierte en tormenta arrasa con todo lo que encuentra, también la vida en todas sus expresiones, también las humanas. En el evangelio de hoy, vemos a los apóstelos, varios de ellos expertos pescadores, despertando a Jesús con estas palabras: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”.

Por su cercanía y uso constante, el agua, concretamente la tormenta, es referencia para otro tipo de tormentas: ideologías, costumbres, imposiciones, amistades, despilfarros, envidias, violencias… Todas ellas pueden convertirse a veces –y hasta con frecuencia- en tormentas para la vida de los cristianos.

No es un juego de niños

Estas tormentas no son juego de niños. Son momentos –a veces muy duraderos, situaciones  permanentes…- en los que parece que la persona, las personas, la sociedad… se va a pique. Crean miedos, incertidumbres, enemistades, persecuciones, disgustos, hundimientos… Hacen difícil la travesía de esta vida o de parte de ella.

Con frecuencia la situación se hace irrespirable y no se le ve su fin. La soledad ya no es descanso agradable, sino inquietud cada vez más dura. La distracción no da para más. Dan ganas de atreverse a decir a aquellos con quienes compartimos la vida con cierta confianza, que son nuestros amigos, vecinos, familiares…: “¿No te importa que me hunda económica, saludable, política, vital y humanamente?”

Fe y confianza

“¿Por qué tenéis tanto miedo?”, Jesús se atreve a preguntar así a unos amigos muertos de miedo. No lo dice enfadado; pero sí con fuerza. “¿Cómo no tenéis fe?”. Los apóstoles llevan ya bastante tiempo al lado de Jesús, pero les queda aún bastante más para conocerle. Le han visto hacer muchos milagros y ser un hombre cabal. Pero no lo han interiorizado todavía. De hecho, ellos mismos se miran unos a otros diciendo: “¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?”. Seguramente a casi todos nos falta poner nuestra confianza en el Señor. El mal no es nuestro destino. Sin soberbia confesamos como san Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Ese AQUEL es Jesús.

Para la semana: Sin descuidarme (y menos aún sin presumir) interiorizaré: “Mi fuerza y mi poder es el Señor”.