«LA PAZ CON VOSOTROS»

Hechos 5, 12-16 | Apocalipsis 1, 9-11ª. 12-13. 17-19 | Juan 20, 19-31

“La paz con vosotros” fue el saludo que por dos veces ofreció Jesús resucitado a sus discípulos, los tímidos y asustados discípulos y que hoy nos recuerda el evangelio. Es un saludo también para nosotros, discípulos de Jesús “encerrados” en nosotros mismos por miedo.

Tiempos de miedo

No es bueno ocultarlo, y menos aún negarlo: la humanidad actual tiene miedo. Basta abrir los medios de comunicación para enterarse de ello. Y en un mundo globalizado, en seguida lo sabemos todos y nos afecta. Hay lugares donde el miedo se palpa con más frecuencia y dureza que en otros, ciertamente. Pero a todos nos alcanza. Y es bueno que nos alcance, aunque nos duela, porque ello quiere decir que aún nos queda sentido humano con los necesitados, no sólo de pan, sino también, y sobre todo, de vida.

“Estaban cerradas las puertas por miedo a los judíos”.

¡Hombres hechos y derechos, los apóstoles cerraron las puertas de donde se habían reunido! A Jesús le habían crucificado. Ellos habían andado con Jesús y a veces habían presumido de ello. Ahora las cosas habían cambiado. Haber andado con Jesús les podía costar ahora hasta la vida. Y ellos, morir, morir, lo que se dice morir, no lo querían. Y era probable ahora que los judíos fueran a por ellos. Los conocían. A veces alguien les había dicho: “También tú eres de esos”. No hay por qué pensar que aquel pequeño grupo que había comido con Jesús era más “miedoso” que otros. Seguramente nos habría tocado -y nos toca- también a nosotros. Los discípulos cercaban a Jesús presumiendo: seguían a Jesús hasta la cena, pero pocos hasta la cruz. Y allí estaba la cruz, de la que huían más que el diablo.

“La paz con vosotros”

Aún resuenan en nuestros oídos ofertas de paz. Son ofertas del Resucitado. El Resucitado se fue a buscar a sus seguidores enmudecidos. Los encontró con la casa cerrada. Jesús no les echó en cara su miedo. Jesús lo comprendía y no necesitaba una llave para abrir. Sencillamente se hizo presente con un tono especial y un contenido también especial. En otro momento ya Jesús les había saludado con esas palabras, aunque había añadido. “no os doy mi paz como la da el mundo”. La paz sonaba ahora con un acento nuevo y novedoso. Todavía la primera vez se quedaron perplejos. Por eso Jesús se lo repite. ¡Y todavía quedaban sin creerlo del todo! Era comprensible. Nos pasa también a nosotros, que lo hemos “oído” tantas veces.

Para la semana: ¿Quieres paz? Donde no haya paz, pon paz y sacarás paz.