HABLAR, ESCUCHAR, ACOGER LA PALABRA DE DIOS.

Isaías 55, 10-11 | Romanos 8, 18-23 | Mateo 13, 1-23

Jesús hablaba a la gente en parábolas (digamos: en comparaciones). Nosotros a veces hablamos en cuentecillos, que no son lo mismo que las parábolas, pero se lo parecen. Y en tiempos y lugares de una cultura agrícola (del campo), como era el de Jesús, es normal que Jesús conociese y utilizase, aunque hijo de carpintero, cómo hablar a la “gente del campo”, del pueblo. No era cosa sólo de Jesús. Ya los profetas, aunque utilizasen un lenguaje distinto, hablaban en parábolas, algunas de las cuales se habían enraizado en el pueblo. Hoy la liturgia recoge una de las parábolas más conocidas, la parábola del sembrador, ya presente, a su modo, en el profeta Isaías (s. VIII s.C.), (primera lectura).

“Se sentó a la orilla del mar”

En la playa, diríamos nosotros. Jesús, que acudía a la sinagoga y al templo como buen judío, no desdeñaba cualquier otro lugar (por ejemplo la orilla del mar) para catequizar a sus conciudadanos. Ya esto es una pequeña, pero interesante, lección de Jesús. Hablar, anunciar, comunicar, dialogar… el Evangelio, la Buena Noticia de Dios, se puede hacer en cualquier lugar. Y a lo mejor hay lugares, también en nuestro tiempo, en los que la gente se siente más cómoda, más natural, más abierta, más activa, más receptiva, y más cercana. Jesús era buen pedagogo. Aprendamos de él.

“Les habló muchas cosas”

La palabra de Dios es muy rica, abierta a toda la complejidad de la existencia humana. Seguramente todos tenemos charlas de temas y “cosas” recurrentes, de las que hablamos y escuchamos con mucha frecuencia. Ellas forman la trama de nuestra vida, de nuestras preocupaciones, ilusiones y desilusiones, acontecimientos y noticias… Eso no es perder el tiempo. Es, más bien, despertar y actualizar trazos de vida que se pueden perder por el camino de los años si no los recordamos. Echar una mirada a esa complejidad (semillas, trabajos y frutos) que hemos sido y somos, nos hará bien. No es nostalgia, es actualización.

“Escuchar y acoger”

“Escuchar”, estar atentos a lo que vemos, oímos, leemos, observamos, gozamos, sufrimos, esperamos… etc., es activar los cinco sentidos, exteriores e interiores, que son el principio del conocer y vivir. Hasta los pájaros están atentos para ver lo que pasa a su alrededor y obrar en consecuencia. Son un ejemplo curioso y significativo.

“Salió el sembrador a sembrar”.

 Todos los días sale Jesús a sembrar. Deja caer en el campo (que eres tú y soy yo, el que tenemos al lado y el que tenemos lejos) unas semillas de esperanza. Las semillas tienen su proceso: no aparece la planta de un día para otro y menos aún el fruto. Tanto el campo, como el sembrador, piden paciencia y acción, hasta que llegue el verano, después de un otoño, un invierno y una primavera difícil y hermosa a la vez. Y el sembrador, ojo avizor, encantado si la cosecha es buena. Y le inventa una palabra. Es un cosechón.

Para la semana: El cristiano es campo sembrado, que lucha con la tierra y el sembrador para ser presencia hermosa y fruto deseado.