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Ex 3, 1-8a. 13-15

1 Cor 10, 1-6. 10-12

Lc 13, 1-9

La llamada a la conversión, a un cambio de vida, siempre de mala a buena y de buena a mejor, es permanente en el Evangelio y en la liturgia, sobre todo cuaresmal. Ya el miércoles de ceniza, en el rito de la imposición, nos recuerdan personalmente: “conviértete y cree en el evangelio”.

Por ahí comenzó Jesús (Mc 1,15), por ahí comenzó la Iglesia (Hch 2,38), por ahí siguió Pablo en el Areópago de Atenas (Hch 17,30), y por ahí continúa la liturgia de la Iglesia, sobre todo en tiempo de cuaresma, que saluda a los fieles en la eucaristía con estas palabras: “la gracia y el amor de Jesucristo, que nos llama a la conversión estén con todos vosotros”.

Dos hechos de la vida

 La liturgia de hoy recuerda dos hechos de la vida, uno político y otro circunstancial, que tuvieron lugar en la historia de Israel. Fueron dos hechos trágicos. A los lectores les podrían parecer dos hechos extraordinarios, que nada tendrían que ver con la vida “normal” que llevamos los demás. Con ello, viviríamos tranquilos pensando: eso no tiene nada que ver conmigo. Jesús nos desengaña de ello, como desengañó a sus contemporáneos: “¿pensáis que ellos eran más pecadores que todos los demás”, merecedores de aquel final? Tiramos balones fuera. Jesús los recoge: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Aviso para navegantes.

Una parábola

Jesús utilizaba parábolas para hablar a la gente y a sus discípulos. La parábola es algo así como una comparación verosímil. Y también para hablar de la conversión la utiliza Jesús. Nuestra vida se parece a la vida de una higuera, árbol perfectamente identificado por toda clase personas. La higuera no puede “convertirse”, pero sí puede y debe dar frutos. Los frutos son “su” conversión. Si no se “convierte”, si no da frutos, también ella perecerá. Y de la higuera se espera que dé higos. A nosotros se nos pide que demos, personal y comunitariamente, parroquialmente, “frutos”, “los frutos del Espíritu” (Gál 5, 22-23): Amor, paz, solidaridad, perdón, hospitalidad, gozo, paciencia…

“Déjala todavía este año”

Dios tiene mucha paciencia con la historia humana. Con mucha frecuencia amaga y no da; espera, “la fuerza se le va por la boca”, se arrepiente, no quiere la muerte del pecador… El Evangelio utiliza con frecuencia este lenguaje cuando habla de Dios. ¡Es un padrazo! “Amenaza”, pero retira. Cuaresma es tiempo de conversión, de echar los primeros brotes que se abran del todo a una vida nueva y novedosa en frutos de resurrección, de vida nueva y novedosa.

Para la semana: Hagamos nuestras las palabras del frustrado cultivador de higos: «Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas» (Lc 13,1-9).

Augusto Guerra Sancho OCD