Hch 14, 21b-27
Apoc 21, 1-5ª
Jn 13,31-33a.34-35
Pocas palabras hay tan cercanas y queridas como la palabra amor. Y pocas palabras hay tan deterioradas como la palabra amor. La amiga y amorosa Teresa de Jesús describió así el verdadero amor: “Es amor sin poco ni mucho de interés; todo su interés está en ver rica aquel alma de bienes del cielo; en fin, es amor que va pareciendo al que nos tuvo Cristo; merece nombre de amor, no estos amorcitos desastrados, baladíes de por acá (aun no digo en los malos), que éstos Dios nos libre” (CE 11,1).
La escuela amorosa de Jesús
Antes de Jesús y después de él, muchos han hablado de amor, hay muchos tratados sobre el amor, mucho amor derramado por la vida, muchas alegrías, dificultades y penas amorosas. Jesús entró al trapo y también él habló del amor. Nadie le mandó que hablase del amor, pero su experiencia amorosa le era familiar: “Dios es amor”, no abstracto, sino concreto: “como el Padre me amó”. Esa fue su escuela, en la que salió aventajado. Y por eso añadió: “Así os he amado yo”). Seguramente nadie es amante o amador si no ha sido antes amado. En Jesús la experiencia era esa. Y ese fue su magisterio. La escuela amorosa de Jesús fue la casa del Padre. Allí aprendió a amar.
“A la tarde te examinarán en el amor”
Te examinarán en el amor “nuevo”. La frase, muy conocida aunque con frecuencia algo deteriorada, es de san Juan de la Cruz. Es profunda y hermosa, algo deteriorada con el tiempo, pero sigue siendo valorada notablemente. La tarde no es solo la tarde de la vida (que podría ser la última tarde, la tarde en que el curso vital se clausura); puede ser también cualquier tarde: la tarde de cualquier día, de cualquier situación, de cualquier experiencia por pequeña que nos parezca.
El amor a los otros
“Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. En la actualidad se redescubre la necesidad de amarse a sí mismo. Después de una tradición que tanto habló del desprecio de sí mismo, amarse a sí mismos es un redescubrimiento oportuno y positivo. Con tal, no obstante, de no olvidar a los demás, a los otros. Jesús amó a los otros y completó ese amor diciendo: “que os améis también vosotros los unos a los otros”. Ancho campo el de los otros. Es preciso no tenerlo olvidado, sino explorarlo y cuidarlo amorosamente.
“Te examinarán”
Déjate examinar. Examínate, pero también déjate examinar. Con frecuencia al juzgar un examen el examinado suele decir que ha tenido suerte y le ha ido bien (hay también bastantes que confiesan que les ha ido mal). Cuando es el tribunal el que opina y juzga, con frecuencia el juicio es bastante diferente. Hay también suspensos. Y también hay sobresalientes. Saldremos más contentos si salimos con un sobresaliente. El amor se aprende y el amor se ejercita.
Para la semana: “Aprende a amar”. Siempre es tiempo de más amor, de mejor amor, de amor nuevo, de amor entregado generosamente a los otros, como Jesús, que se entregó por los otros, por nosotros.
Augusto Guerra Sancho OCD