Hch 2, 1-11
1a Cor 12, 3b-8. 12-13
Jn 20, 19-23
Pentecostés significa el quincuagésimo día después del día de Resurrección. En ese día se cumplió la promesa que Jesús había hecho a los apóstoles antes de subir al cielo: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo”: seréis bautizados en el Espíritu Santo. En él fueron bautizados los apóstoles y en él somos bautizados todos los bautizados en la Iglesia.
El Espíritu Santo
En la vida real ignoramos muchas cosas; pero no por ignorarlas dejan de ser reales, de actuar, de acompañarnos. No todo es tan “evidente” como ver llover u oír un trueno, comer o dormir, correr o descansar, etc.Entre las realidades espirituales una de las más difíciles de “manejar” es la del Espíritu Santo. El evangelio de san Juan enseña: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo lo que nace del Espíritu” (Jn 3,8). No imaginemos, pues, una realidad palpable a los sentidos. Nos gustaría “verle”, pero no se deja ver. Como tantas cosas en la vida.
“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo”
Esto es lo que Jesús resucitado y en el momento de su ascensión al cielo transmitió a los apóstoles que le acompañaban. Y un buen día, muy pronto, reunidos los apóstoles en el cenáculo, con las muertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos, “algo” estalló (internamente) en ese pequeño grupo. Y experimentaron la gran noticia (las noticias no se ven, se creen y afectan a quienes las creen) que hizo saltar del miedo a dar la cara, de estar encerrados a salir a la plaza. Algo sorprendente sucedió aquel día. No es extraño que se haya dicho: “si Pentecostés no existió, habría que inventarlo, porque tal cambio en unos hombres como los apóstoles no se explica de otra manera”.
Luz y fortaleza
Esto fue lo que el Espíritu puso en aquellos pescadores que muy poco antes todavía confundían el reino de Israel con el Reino de Dios y se preocupaban sólo de lo primero. El “Espíritu de verdad” (de la verdad) había iluminado el mensaje de Jesús al mundo, superando la mezquindad, comprensible pero nefasta, de quien se había acercado (o sigue acercándose) a Jesús para medrar en la sociedad. Y el “Espíritu de fortaleza” había nacido como planta nueva en personas medrosas decididas a dar testimonio de esa verdad de Jesús. “Seréis mis testigos”, les había preconizado el mismo Jesús. Lo que Él no había logrado, lo lograría su “sucesor” (por hablar así), el Espíritu.
Siempre es Pentecostés
El Espíritu vino para quedarse. Su presencia no fue transitoria, aunque en aquel día fuera especial. El Espíritu continúa su trabajo de dar luz y fuerza a los bautizados. ¿Quién no ha tenido y tiene “luces” (vemos el bien, lo mejor) y deseos de ser mejores y hacer el bien)?. El Espíritu sigue activo “hasta los confines de la tierra”.. Ya un poeta pagano (Ovidio) formuló esta idea, recogida por San Pablo: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”. Pentecostés, la luz y fuerza del Espíritu, no se impone; se ofrece.
Para la semana: Es gozoso tomar conciencia de que el Espíritu es luz y fuerza en nuestra vida. Tenemos cierto miedo de apagar esa luz y debilitar esa fuerza. Sigamos pidiendo: “Ven, Espíritu Santo…“.
Augusto Guerra Sancho OCD