En este momento estás viendo “LA PROMESA DEL PADRE”

Hch 1, 1-11

Ef 1, 17-23

Lc 24, 46-53

Celebramos la solemnidad de la Ascensión de Jesús a los cielos, que implica su desaparición corporal de esta nuestra tierra. Tanto los apóstoles como cualquier seguidor de Jesús están privados de la vista de Jesús en carne mortal. El “líder” desaparecía y se podía pensar que sus seguidores se dispersarían y todo acabaría como en un mal sueño. Pero las cosas no sucedieron así. Otros muchos estaban involucrados en lo que Jesús seguiría significando en el mundo. En primer lugar el Espíritu Santo, en segundo lugar sus inmediatos seguidores (los Apóstoles) y en tercer lugar quienes a lo largo del tiempo se adherirían a ese Jesús. Todos debemos tomar conciencia de lo que todo esto significa en nuestra vida. Esta solemnidad está íntimamente unida a la que celebraremos el domingo próximo: Pentecostés o venida del Espíritu Santo.

“Os conviene que yo me vaya”

A primera vista, una de las afirmaciones evangélicas que más extrañan es ésta, salida de la boca de Jesús y dicha directamente a los Apóstoles: “Os conviene que yo me vaya”. Probablemente a los apóstoles les sonó rara esta afirmación de su Maestro. ¿Cómo era posible que Jesús dijese estas cosas? ¿No conocía suficientemente a sus discípulos, ineptos para estar con Jesús y mucho más para seguir sus consignas? Pero era así. Y por eso, Jesús, en un momento determinado “se fue”, ascendió a los cielos decimos nosotros.

 “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18)

Pero a pesar de que “desapareciera”, Jesús volvería. Palabras eran éstas para respirar, después del susto que se habían llevado los Apóstoles (y con ellos se lo llevan todos los que leen y proclaman el Evangelio). A Jesús, resucitado, no podemos esperarle con cara de niño, corriendo por Nazareth, caminando por Israel y por el mundo entero. Ahora su presencia es distinta y más profunda. Lo que era sensitivo se convierte ahora en interior. A nosotros puede parecernos que perdemos con este cambio. Somos muy sensitivos (o sensuales). Nos parece que vale más el ojo que entendimiento. Pero no es así. No es malo añorar al Jesús de carne y hueso; pero vale más el Jesús que abre el corazón de quienes creen en Él.

“Si no me voy, no vendrá el Espíritu a vosotros” (Jn 16,6)

Y el texto evangélico continúa: “pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,6). Son varias las ocasiones en las que Jesús certifica a sus seguidores esta consoladora real: “voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (Lc 24,49).  ¿Cuál es esa promesa? El Espíritu Santo (el Paráclito). Muy presente en nuestras oraciones, pocas veces nos detenemos a tomar conciencia de Él, de su presencia, de su acción en el interior y en el exterior de quienes creen en Él. El próximo domingo celebraremos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu. Volveremos sobre él.

 Para la semana: Como los Apóstoles, esperaremos la venida del Espíritu “en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14)

Augusto Guerra Sancho OCD