El domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia nos invita a rezar por aquellos y aquellas que rezan. Se celebra “la jorna-da pro orantibus”. Sin duda, todo buen cristiano reza, porque la oración es una actitud vital y fundamental de su vida. Pero en la Iglesia hay un carisma, una vocación, una llamada a entre-gar la vida al Señor haciendo de la oración el eje fundamental de la vida. Este carisma es propio de monjas y monjes.
Monjas y monjes nos recuerdan que la vida cristiana es una continua oración, nos recuerdan esta recomendación de Jesús de “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1).
Para la mayoría de los cristianos, el orar continuamente no puede hacerse “en ac-to”, sino como un estado de ánimo, como una conciencia difusa -aunque constante- de estar siempre en presencia de Dios. Eso sí, todo cristiano reserva algunos mo-mentos del día para hacer de esta con-ciencia difusa una conciencia consciente, para hacer de esta presencia de Dios un acto explícito. Es lo que se llama oración. Pues bien, mon-jas y monjes nos recuerdan esta dimensión propia de la vida cristia-na y ellos lo ha-cen insistiendo en momentos de oración más fre-cuentes y perma-nentes. Ese es su carisma. La Iglesia nos invita a dar gracias por su vida y a solida-rizarnos con sus necesidades.
El salmista preguntaba a Dios: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. Sí, ¿quién soy yo para que Dios me tenga permanentemente en su memoria? El ca-risma de la vida contemplativa nos re-cuerda que la buena respuesta ante un Dios que siempre se acuerda de nosotros es acordarnos nosotros siempre de él.