“AMARÁS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”

Éxodo 22, 20-26 | 1 Tesalonicenses 1, 5c-10 | Mateo 22, 34-40

El domingo pasado la liturgia nos presentaba a fariseos y herodianos (dos grupos distintos y contrarios) tratando de poner a Jesús en lo que ellos pensaban que no tenía escapatoria: Pagar o no pagar al César de Roma. Ya sabemos su respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

En seguida saltó otro grupo, que trató de pillar a Jesús en un tema distinto: el de la resurrección de los muertos. Era el grupo de los saduceos, grupo que negaba la resurrección de los muertos (Mt 22, 23-33) (cosa que no negaban los fariseos). También para los saduceos tuvo Jesús la respuesta merecida: “estáis en un error” (Mt 22,29). Lo citamos aquí, porque inmediatamente los fariseos, frotándose las manos de ver la derrota de sus enemigos los saduceos, se acercaron de nuevo a Jesús para ponerle otra vez a prueba: “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?”.

Seiscientos trece mandamientos

En tiempo de Jesús, los fariseos encontraban nada menos que 613 mandamientos. El pueblo sencillo estaba confuso y no sabía a qué atenerse. Y los listos discutían sobre cuál de esos 613 mandamientos era el principal. Ahora Jesús lo tuvo más sencillo. No se enredó en los 613 mandamientos. Le preguntaban sólo cuál era el mandamiento principal entre esa barahúnda de mandamientos. Y a ello respondió:

El mandamiento principal es amar a Dios

Jesús no necesitó mucho tiempo para responder. Todo buen judío rezaba al levantarse de mañana estas palabras: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios es solamente uno: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Aquí no había discusión. Israel debería tenerlo muy claro, porque muy claro se lo habían enseñado y así lo confesaban los buenos israelitas todos los días. De hecho, lo recuerda el Evangelio también en otros momentos.

“El segundo es semejante al primero: amar al prójimo”

Pero lo curioso y significativo fue que Jesús añadió sin que nadie se lo hubiera preguntado: “El segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Los judíos conocían también este mandamiento contenido en el Levítico (19,18). Aunque ahí no se decía que ese fuera el segundo mandamiento. Pero Jesús lo quiso recordar para colocarlo junto al primero. La finalidad era clara: ambos mandamientos deberían ir juntos y le parecía que con frecuencia el segundo de los mandamientos era olvidado por sus conciudadanos. Esto le dolía a Jesús y quería recordarlo llamativamente.

“¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús, a lo largo de sus tres años de vida pública había podido ver que una y otra vez las autoridades trataban de olvidarse de los “prójimos”. Por eso, Jesús lo trajo a la mesa de discusión. Pero también ahora las autoridades querían escurrir el bulto y probar nuevamente a Jesús. Y uno de los maestros de la ley le preguntó a Jesús para justificarse: “¿Y quién es mi prójimo?”. Y Jesús, a su modo, contestó con la larga parábola del buen samaritano (Lc 10, 29-37), que concluye con el elogio de la compasión con el enfermo y necesitado. Merece la pena leerla y comentarla.

Para la semana: Releeré las lecturas de la Misa (eucaristía) de este domingo y la Parábola del buen samaritano (Lucas10, 29-37). En particular o/y en grupo.