«BIENAVENTURADOS…» «¡AY DE VOSOTROS!»

Jeremías 17, 5-8 | 1ª Corintios 15, 12.16-20 | Lucas 6, 17.20-26

La liturgia de la palabra de este domingo se centra en Las Bienaventuranzas, sin duda una página conocida, muy importante y nada fácil. El evangelio nos ofrece dos textos de Las Bienaventuranzas, el del evangelista Mateo (Mt 5, 3-11) y el del evangelista Lucas (Lc 6, 20-26). Ambos textos tienen no pocas diferencias (no digo contradicciones) entre sí. Aquí nos limitamos al evangelio según Lucas, que es el que nos ofrece hoy la liturgia.

Gran muchedumbre

Jesús proclamó Las Bienaventuranzas ante “una gran multitud”, de diversos lugares y con distintas finalidades: unos buscaban escucharle; otros buscaban curación. Y no faltarían curiosos. Jesús no se dirigirá sólo al pequeño grupo privilegiado, aunque tuvo la deferencia de alzar los ojos a sus discípulos. También para ellos iban sus palabras. Y quizá sobre todo para ellos. ¿Dónde quedaron las multitudes?

La peculiaridad de Lucas

Aunque se puede decir que los dos evangelistas (Mateo y Lucas) trasmiten el mismo sermón de Jesús, no obstante, ambos tienen ciertos acentos propios. Es normal: tanto los evangelistas como el público al que se escribe directamente son personas, mentalidades y lugares distintos. Y esto tiene que reflejarse también en la actividad de los apóstoles. La palabra de Jesús era palabra concreta, no hablaba al viento. Lucas resalta más en Las bienaventuradas lo social que lo espiritual. No habla de los pobres “de espíritu”. Sino sencillamente de “los pobres”. Y así en otros momentos: no niega el espíritu, pero acentúa lo “social”. Lo social es cristiano.

El contraste

El discurso de Jesús se divide en dos partes, que mutuamente se aclaran: bienaventuranzas y maldiciones: “Bienaventurados” y “¡Ay de vosotros!”.

Llama la atención el acento fuerte, tanto para unos como para otros. No se debe leer solo una parte, sino las dos. Lo hace así el evangelio, así lo hace la liturgia y así debe leerlo y meditarlo el cristiano. ¡Lo que Jesús ha unido, no lo separe el hombre!

Escuchemos en nuestro tiempo

No formamos parte de aquella “gran multitud” que buscaba materialmente a Jesús, con las finalidades que fueran. Los tiempos cambian. Y esto no debe olvidarse. Pero esto no quiere decir que se tienen que desvirtuar las palabras de Jesús. La palabra de Jesús sigue resonante en el oído de quien quiere oír. Cegarlo cada uno de nosotros, que lo cieguen nuevas multitudes o que lo mediaticemos muchos, anulando una de las dos partes, es destruirlo. La palabra de Jesús es incisiva y querer doblegarla es alejarse de Jesús.

Para la semana: haz un esfuerzo y aprende Las Bienaventuranzas y Las Maldiciones. Son palabras de Jesús.