Dios se arrepiente y alegra

Dios también se arrepiente y se alegra

Éxodo 32, 7-11.13-14 1 | Timoteo 1, 12-17 | Lucas 15, 1-32

Las lecturas de este Domingo contienen varias lecciones importantes, incluso cuando se suprime, por razón de su amplitud, parte de la proclamación del evangelio (la conocida del hijo pródigo o del Padre bueno). Enumeramos algunas de estas: Dios también se arrepiente; la intercesión es positiva; los pecadores están más cerca de Dios que los fariseos; Dios se alegra cuando “encuentra” la oveja perdida y la dracma necesaria para vivir. Nos detenemos sólo en dos de estas lecciones.

Dios se irrita y se arrepiente

Cuando Dios termina la obra de la creación tiene un momento de “orgullo” y se dice a sí mismo: “pues me ha salido muy bien” (“vio que todas las cosas eran buenas, muy buenas”). A cualquiera, y más a Dios, le duele que le estropeen una obra de arte que es la creación y la historia de su pueblo. Y precisamente porque ama lo bueno (y lo bello), se duele, se indigna, se irrita, se enfurece… Ve que no hay derecho de destruir algo tan hermoso. Y siente la “tentación” de acabar con los culpables. Lo haríamos todos. Y Dios, que calibra mejor la bondad y la maldad, lo siente más que cualquiera. Pero siempre hay alguien (Moisés, por ejemplo) que conoce las “flaquezas” de Dios, y le suplica: “no lo hagas”. Y Dios se arrepiente. Dios es así.

Dios se angustia y se alegra

Parecemos poca cosa. Pero Dios no cree insultarnos cuando nos compara a una oveja que se pierde entre cien o un euro que se le pierde quien tiene diez. En un pueblo de pastores, una oveja es un tesoro. En una casa que apenas dispone de diez euros, un euro es un tesoro. Eso somos las personas para Dios: poca cosa, que vale mucho.

Le damos disgustos (nos perdemos). Pero no le somos indiferentes. Dios no dice: “Bah, no te preocupes; qué más da”. No. Dios se coge el cayado o la escoba y… a buscar el tesoro perdido.

Seguramente la búsqueda es lenta, porque pocas cosas se pierden a pleno día y a la vista de todos. Se busca con perseverancia, con días y noches de fatiga y ansiedad; a veces con angustia. Pero siempre con esperanza. El cristiano es más esperanzado que ingenuo. Ha leído muchas veces en el Evangelio que “quien busca encuentra” (Mt 7, 8).

“Alegraos conmigo”

Ambos a dos los buscadores de “objetos” perdidos convocan a amigos y vecinos para compartir la alegría del encuentro. Y hasta “en el cielo y sus habitantes” se alegran y lo celebran. La alegría es signo de haber encontrado algo bueno. A veces podemos equivocarnos. Pero no es lo normal. Al menos si se trata de una alegría duradera.

Para la semana: Dios sigue buscando. Lo hemos dicho en otra ocasión: “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella” (San Juan de la Cruz). ¡Cualquier día le damos un “susto” a Dios que “nos encuentra”!