“DISCUTÍAN SOBRE QUIÉN ERA EL MAYOR”

Sabiduría 2, 12.17-20 | Santiago 3, 16-4,3 | Marcos 9, 30-37

Jesús, en sus correrías con los discípulos, a veces se hacía el sueco. Le gustaba separarse un poco de los discípulos y escuchaba sus conversaciones. Los discípulos, aunque le tenían confianza a Jesús, tenían temas que no se atrevían a afrontar claramente ante él, a no ser Pedro. Se sospechaban que podían encontrarse con alguna sorpresa. Pero Jesús, que evidentemente era listo, ponía discretamente el oído para escuchar a sus discípulos. Con frecuencia se llevaba un chasco. Jesús les hablaba de una cosa, pero a ellos les interesaba otra.

Seré entregado en manos de los hombres

En esta ocasión, y mientras iban caminando por Galilea, Jesús se escondió un poco a fin de poder enseñar a sus discípulos. Jesús no perdía el tiempo con sus discípulos. A veces tenía que repetirles “temas” fuertes, duros, extraños… que a ellos no les interesaban o, más todavía, les daba miedo oír. Porque los temas de Jesús eran sólidos, por más que a veces los revistiese de paradojas que ellos no acababan de entender.

Y en esta ocasión Jesús les hablaba de su muerte y resurrección. Jesús no estaba obsesionado con este tema, pero la verdad es que salió a cuento más de una vez.

“Ellos no entendían lo que les decía”

Con frecuencia los discípulos no entendían a Jesús. En otras ocasiones sí le entendían. Como nos pasa a todos y ante todas las acciones y reacciones de mujeres y hombres. No entendemos las acciones y reacciones de quienes tenemos cerca, con quienes compartimos la existencia de cada día o del futuro. Les sucedió a los discípulos más cercanos a Jesús. Algo se olían y “temían preguntarle”. Y prefirieron cambiar de conversación. Parece que se enzarzaron entre ellos para ver quién era el mayor, el primero, el más importante. Esto sí lo entendían y buscaban.

“¿De qué discutíais por el camino?”

Jesús les dejó que discutiesen a lo largo del camino. No les cortó la “discusión”. Seguramente la discusión estaba animada. Lo cierto es que Jesús les dejó que hablasen. Solo ya al estar en casa (terminada la caminata) se hizo el ignorante y, como quien no sabe nada, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?”.

Tampoco los discípulos eran tontos. “Ellos callaron”, prefirieron el silencio. Algo les decía que las cosas no llevaban buen camino. Aunque torpes, habían oído muchas veces a Jesús y siempre se pega algo. “Tenían miedo”. Y con razón. El evangelista que narra la escena nos dejó una perla: sentado Jesús, como quien habla solemnemente desde una cátedra, les dijo:

“Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”.

Y por si no lo habían entendido bien, Jesús hizo un gesto fácilmente comprensible: tomó a un niño, ejemplo vivo de pequeñez alegre y necesitada y se fusionó con él. Esto es Jesús y esto quiere que sean sus seguidores: no soberbios mayores, sino necesitados menores.

Para la semana: “Si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos”.