«EL CAMINO QUE LLEVA A BELÉN…»

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12 | Efesios 1, 3-6. 15-18 | Juan 1, 1-18

  Estamos en tiempos de Navidad. La Navidad celebra el nacimiento de Jesús, del Jesús que anunciaron, en oscuridad, los profetas. Y la comunidad cristiana lo celebra con gozo y alegría. Nacer en un pesebre, sin quitarle el alimento a un buey y una mula, allí le encontrarían unos “magos” y también unos pastorcillos. Para aquel niño y para sus padres no necesitaban más.

Música para el nacido

“La música es buena”, dice la Sagrada Escritura. También lo hemos oído muchas veces: “El que canta ora dos veces”. Las madres cantan a sus hijos, aunque estos todavía no oigan, o parezca que no oyen. La música crea un ámbito muy peculiar. Y no está reservada para talentos músicos.

Navidad es tiempo de música, de música particular, ciertamente. Lo peculiar de su música es el villancico, canción cuya letra está vinculada a la Navidad. De mucha música, de una música que se adapta a las diversas culturas y posibilidades

  “El camino que lleva a Belén”

Entre los villancicos -uno entre miles- se ha hecho famoso y popular “El tamborilero”, cantado especialmente por Rafael. Al final de una de sus intervenciones multitudinarias, fue entrevistado sobre lo más variado de su vida. Y en un momento de sus respuestas dijo: “en definitiva, yo sigo siendo aquel… (y cantó): “El camino que lleva a Belén…”. Con él empezó su fama y a él le quedaba entrañablemente unido.

“Los pastorcillos”

A Jesús le buscaron muy pronto. La buscarían los “magos”. Y también Herodes. Pero  los pastores fueron los primeros en quedarse asombrados de lo que “oían” (también en su interior) y se pusieron en camino. Querían ver a su Rey. Todos tenemos un Rey. ¿Acertamos a dar con el Rey que merece la pena? Hagámonos “pastorcillos”.

“Algún presente que te agrade”

¿Qué le podían llevar unos pastorcillos? Se miró y se confesó: “No poseo más que un viejo tambor”. El tambor era su amigo, con quien compartía el tiempo, la alegría y los cansancios. No se necesita tener muchas cosas más o menos valiosas. Y con él se puso en camino. Se iba diciendo por el camino:

“Frente al portal tocaré con mi tambor”

El niño no podría tocar el tambor. Lo haría él, el pastorcillo. Y el niño lo escucharía sin explicarse que era aquello. El tamborilero también pensaba. A veces le parecía que no llevaba nada. No obstante, sabía también que en su pobreza no disponía de “Nada mejor que yo pueda ofrecer”. Y seguía mirando a su tambor y se decía: “Su ronco acento es un canto de amor”. “Un canto de amor”. Le había salido perfecto: “un canto de amor”. Y así se fue al portal.

“Cuando Dios me vio tocando ante él…”.

El pastorcillo llevaba su miedo. A veces le parecía que llevaba las manos vacías y que esto no estaba bien. El niño iba a llorar cuando le viese con aquellas trazas. Y quizá le miraría con cierto estupor no expresado. Y el pastorcillo seguía mirándole. Y vio en el niño algo especial:

“Me sonrió”

Seguramente fue una de las primeras sonrisas de Jesús. Se la llevó contento el tamborilero. María y José no se asustaron. Todo lo contrario. La pobreza del lugar no les robó la alegría de la sonrisa de un pastorcillo que, todo ufano, se acercó a cantar al Niño. El pastorcillo, el tamborilero no necesitaba más. Y se marchó con la sonrisa del Hijo de Dios.

Para la semana: “Qué llevas tú al portal? ¿Te sonrió?