El grito humilde de una madre

Isaías 56, 1. 6-7 | Romanos 11, 13-15.29-32 | Mateo 15, 21-28

El Evangelio de este domingo es una pieza maestra en la que Jesús se ve involucrado y de la que sale airoso. Una mujer pagana (digamos sencillamente: no judía) afronta a Jesús (judío). Un problema humano (nada menos que la salud de una hija enferma) está en este inesperado encuentro de dos personas, inicialmente distantes. No se conocían de nada.

En la vida pluricultural de nuestro tiempo seguramente se dan muchos encuentros parecidos a los del judío Jesús y la cananea (digamos sencillamente: con una mujer no judía). ¿No nos dirá nada para nuestra convivencia humana y religiosa?

Jesús, abierto a todos

Jesús se encontró varias veces con gente, cercana o lejana geográficamente (y nada digamos religiosamente). No rehuyó estos encuentros. Muchos de ellos fueron de campeonato (los que mantenía, por ejemplo, con los escribas y fariseos). Otros fueron muy distintos (por ejemplo el que mantuvo con samarita y con la cananea del que habla el evangelio de este domingo). El método de Jesús no siempre fue idéntico; porque no eran idénticos los contertulios ni los problemas. Pero en todos ellos hay un Jesús que no se echa atrás. Nos espera donde le necesitamos.

El grito de una madre.

La enfermedad de una hija es el tormento de su madre. Ver que su hija se deteriora, que va perdiendo una vida en plenitud, de la que tanto esperaba… es doloroso y quizá incluso angustioso. Y una prueba de ese sufrimiento materno es que se expresa en el grito activo. Busca el remedio como sea y donde sea. Cananea no conocía a Jesús. ¿Cómo se enteró de un “médico” capaz de sanar a su hija muy enferma? No lo sabemos. Pero…, “quien busca encuentra”. Hay muchas posibilidades escondidas que están esperando que alguien las busque.

Jesús se hace el sueco

A la primera, Jesús no responde. Las cosas tienen su tiempo. Incluso las cosas que angustian, desesperan, etc. Nos gusta demasiado la inmediatez. Es comprensible cuando estamos ante una situación grave. Pero las cosas de palacio van despacio. El tiempo es necesario para hacerse consciente de las realidades, de los problemas, de las posibilidades, de los pasos a dar, de las pruebas progresivas. Todo proceso bien llevado descubre muchas posibilidades, muchas facultades, no pocos miedos, mucha esperanza. Jesús, en un crescendo significativo hace el papel de malo: primero el silencio, después un despecho, por último algo que suena a insulto… Jesús aprieta.

La humildad que desarbola

La madre cananea (pagana) desarbola al Jesús (judío): “Tienes razón, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los hombres”. Humilde y grandiosa confesión. A Jesús le desarboló: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”; “en aquel momento quedó curada su hija”.

Para la semana: El encuentro humilde con Jesús es siempre rentable. Y si hay necesitados de por medio, aunque no sean de los nuestros, también. Él es de todos los que buscan el bien.