«ÉL NOS TRAERÁ LA PAZ»

Miqueas 5, 1-4ª | Hebreos 10, 5-10 | Lucas 1, 39-45

  

Nos estamos acercando ya a Navidad, el recuerdo vivo del nacimiento de Jesús. Pero Jesús estará todavía viniendo, no ha llegado. No adelantemos nosotros esa venida.

Este cuarto domingo suele dedicarse a la visita que María hace a su prima Isabel para comunicarse con ella acerca de lo que le está “sucediendo”, con la respuesta gozosa de su prima Isabel: “bendita tú entre las mujeres…”. Y así proclamamos hoy esa Visita. Es correcto, por lo tanto, sorprender a María e Isabel en un saludo sorprendente y gozoso.

No obstante, quiero detenerme en unas palabras de la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, del siglo VIII antes de Jesús (de vez en cuando acercarnos a los profetas es muy saludable). En esos mismos días el profeta Isaías hablaba del Mesías que había de venir llamándole “príncipe de la paz” (Is. 9,5).

“Paz”, palabra lejana y cercana.

En la vida diaria en cualquier tipo de comunidad (dos o más juntos) se oye pronunciar la palabra paz en variados significativos: “¡Qué paz!”; “que haya paz”; “paz, paz…, pero no había paz”; “la paz del Señor esté con vosotros”, etc. En diversas situaciones solemos decir una de estas exclamaciones. La paz está en el centro de la vida, cuando la notamos y cuando la ansiamos. La presencia en la Navidad del “príncipe de la paz” ilumina tanto la cercanía como la lejanía de la paz en la humanidad, en nuestras casas, en cada uno/a de nosotros/as.

Deseo de paz

Afortunadamente, la mayoría de hombres y mujeres que poblamos la historia queremos paz, buscamos paz, compartimos paz. Y tomamos más conciencia de la paz, y la valoramos más en la medida en que nos falta. Es una reacción presente en la vida humana: cuando algo nos falta, y en la medida en que nos falta, tanto o más la añoramos y deseamos. Nos pasa lo mismo con la paz: cuando hay divisiones y guerras, y en la amplitud en que las tenemos y sentimos, en esa misma… queremos paz.

Paz y armonía

En pocas, y a la vez difíciles palabras, la paz se define como “armonía”, bien sea en la persona o en la comunidad. La música, gran presencia en toda la humanidad, nos permite “adivinar” o constatar qué es la armonía.

La armonía exige una atención particular, alejada de posibles disturbios que impiden la claridad y limpieza de quien atiende, canta, observa, convive, etc. Con frecuencia la armonía se consigue y mantiene en guerra contra las distracciones. Las distracciones, en cualquiera de sus situaciones, destruye la hermosa armonía. De ahí que a veces la “guerra” sea necesaria para que haya armonía y con ella paz. Jesús dijo de sí mismo: “No he venido a traer paz, sino guerra”. Es una paradoja fuerte y que puede llevar a confusión. Quiere decir: sin guerra contra las distracciones que nos limitan y destruyen, no habrá paz.

Para la semana: Cercana ya la Navidad, alejemos de nosotros/as las distracciones que impiden la armonía de la Navidad