Dar gracias

Es de bien nacidos ser agradecidos

2 Reyes 5, 14-17 | 2 Timoteo 2, 8-13 | Lucas 17, 11-19

Hay gestos y actitudes en la vida diaria que califican a las personas. No es necesario que se trate de grandes hechos. Basta con que sean pequeños detalles. Esos pequeños detalles no nacen de la nada. Nacen de la grandeza interior, con frecuencia no tenida en cuenta.
Esos mismos gestos desnudan no sólo a quien los hace, sino también a aquel a quien se hacen. En la vida no es suficiente con saber dar, sino también en saber recibir. En ambos casos puede haber grandeza y mezquindad.

La liturgia de la palabra de este domingo recuerda dos bien nacidos: Naamán y el leproso. Ambos fueron agraciados y agradecidos desde su extranjería.

Estamos “leprosos”
No hay nadie tan “rico” que no necesite nada ni de nadie. La menesterosidad, la fragilidad, la pobreza la llevamos adosada a la piel, nos acompaña siempre. Y a veces grita, porque ella quiere alumbrarnos, llamarnos la atención sobre algo tan humano que con frecuencia olvidamos: necesitamos de los demás.

Aceptar las limitaciones
La conciencia de la propia pobreza y limitación no es para castigarnos, avergonzarnos, hacernos mentirosos. Nos presentamos ante los demás con nuestras limitaciones, con frecuencia graves. Y no sólo de cuerpo (enfermedades), sino también de espíritu (ideas, sentimientos, afectos).

Atreverse a pedir
Es bueno –y afortunadamente normal- el deseo de superación, de vencer nuestras limitaciones. Pedimos a quienes pueden echarnos una mano, mejorar nuestras vidas (corporales, intelectuales, afectivas, etc.). Y ese deseo nos lleva a “buscar” y “pedir” a quienes, débiles también ellos, comprenderán nuestras limitaciones y, si está en sus manos, se sentirán inclinados a echarnos una mano generosa. Presentarse ante ellos con humildad, sin arrogancia, abre la puerta a la esperanza.

Ante Dios nos pasa lo mismo
El Padre nuestro son siete peticiones. Lo sabemos todos. Y probablemente lo olvidamos casi todos. No nos empequeñece rezarlo. Nos engrandece fiarnos de Dios y confiar en él. Dios siempre está dispuesto a limpiar nuestra debilidad, nuestra “lepra”.

Tenemos buenas experiencias
Tenemos experiencia de que son muchos los que nos han echado una mano. Desde antes de nacer, en nuestra educación, en quien nos contrató, en quien nos recetó, en quien nos juzgó, en quien nos castigó, en quien nos perdonó, en quien nos acogió diariamente.

Para la semana: pidamos con frecuencia: ¡Señor, enséñanos a ser agradecidos contigo y con nuestros hermanos!