“HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS”

1Samuel 3, 3b-10.19 | 1Corintios 6, 13c-15a.17-20 | Juan 1, 35-42

La semana pasada celebrábamos el bautismo de Jesús a manos de Juan Bautista. En ese momento Jesús no era un niño; según san Lucas, “tenía unos treinta años”. El salto que se daba de la celebración del Nacimiento al Bautismo era grande en la persona de Jesús, que vivió unos treinta y tres años. El evangelio de este domingo nos presenta a ese Jesús mayor caminando ya como una persona mayor. Así le ve ahora Juan Bautista, que está sentado con dos de sus seguidores y ven pasar a Jesús. Es un momento importante.

Desde la humildad

Juan el Bautista, primo de Jesús, tenía su grupo de amigos y seguidores. Fue generoso. Jesús no le quitó su grupo. Fue él, Juan, quien con sencillez y convicción les presentó a quien podía quitarle sus seguidores: “ese es el Cordero de Dios”, el enviado de Dios, el esperado, el maestro. No les dijo más en ese momento. Seguramente ya les había hablado de Jesús antes. Juan había sido, estaba siendo, sencillamente: su “catequista”.

Curiosidad que interroga

Y los dos discípulos de Juan, de quienes no se dan los nombres, se levantaron y se fueron tras de Jesús, a cierta distancia. Jesús seguía caminando. Y fue Él el que se dio la vuelta a mirarlos. Y comenzó un diálogo hecho casi de monosílabos, monosílabos interesantes. Hay situaciones que no piden muchas palabras. Y con naturalidad Jesús les preguntó a esos dos discípulos de Juan: “¿Qué buscáis?”. No era preciso hablar más. Y con la misma parquedad de palabras y con creciente curiosidad y atrevimiento, los dos discípulos siguieron: “¿Maestro, dónde vives?”.

“Venid y veréis”

Y siguió el monólogo. Dos palabras. Palabras centrales. Palabras de invitación. Jesús no se impone. Sencillamente “invita”. La invitación es más estimulante, más gustosa, más personalizadora, más exigente que muchos relatos largos, a veces presumidos, que terminan cansando y con ganas de escapar. No siempre la palabra es lo más importante. Es preferible constatar directamente las cosas en silencio, con la mirada.

“Se quedaron con él aquel día”

De momento, se quedaron sólo aquel día. Parece que fue lo suficiente para darse una idea. No son las visitas largas las que inexorablemente convencen. Con frecuencia visitas cortas son suficientes para captar, aunque sea sólo inicialmente, el valor de las mismas. No sabemos lo que hablaron aquel día. Nos hubiera gustado saber el contenido de las palabras que se cruzaron. No lo sabemos, aunque lo imaginamos. Imagínelo usted, lector.

“Hemos encontrado al Mesías”

No sabemos lo que hablaron, pero conocemos la impresión que tuvieron: realmente Juan no les había engañado en sus “catequesis”. Aquel hombre no era un cualquiera. Ellos se quedaron con la convicción de que aquel hombre, Jesús, era el Mesías prometido.

Y ni cortos ni perezosos uno de ellos, Andrés, hermano de Simón, se lo llevó a presentárselo. No sabemos cómo iba Simón a este encuentro. Fue Jesús quien se adelantó galantemente: “Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan [no de Juan el Bautista]; tú te llamarás Pedro”.

Para la semana: ¿Hemos encontrado al Mesías? Ciertamente, Él si nos ha encontrado a nosotros. ¿Y qué nos ha dicho, aunque sea solo con la mirada? “El mirar de Dios es amar”, dice san Juan de la Cruz.