“ID TAMBIÉN VOSOTROS A LA VIÑA”

Isaías 55, 6-9 | Filipenses 1,20c-24.7 | Mateo 20, 1-16

Es llamativo, aunque no extraño, la frecuencia con que Jesús utiliza el campo como símbolo del Reino de Dios, un Reino de Dios que es Dios mismo. En un mundo agrícola, como era el mundo en que vivió Jesús, no debería extrañar. Jesús hablaba con mucha frecuencia en parábolas (comparaciones) utilizando un lenguaje popular. Quizá en nuestro tiempo habría acudido a otras comparaciones, las que pudiéramos entender con facilidad. Hoy el evangelio juega con un propietario (Dios), unos jornaleros (nosotros) y una viña (el mundo).

“Id a mi viña”

Los jornaleros se juntaban en un lugar concreto a la espera de que alguien los contratase. Los jornaleros iban llegando al lugar adecuado en diversos momentos. Allí los iba encontrando el propietario de una viña, que los ajustaba.

Dios pasa por la plaza del mundo, de nuestra tierra, de nuestra ciudad, de nuestra parroquia, de nuestros colegios, de nuestras casas… Y pasa también como contratista. Imagínense a Dios “chalaneando” con los hombres (y las mujeres). Él necesita jornaleros y ofrece el salario. Sale a buscarnos a cualquier hora. No parece que chalaneasen mucho, aunque a veces si porfía. Se pusieron de acuerdo y cada uno a lo suyo.

“Id también vosotros a mi viña”

No todos los jornaleros se juntaban a la misma hora. Con Dios no hay relojes. El propietario (Dios) busca jornaleros (personas) a horas distintas. Dios sabe decirles: “también vosotros”. Necesita más jornaleros. Nos necesita a todos.

En el mundo y en la Iglesia se necesitan muchos jornaleros y cualquiera hora es buena: niñez, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad…

“Nadie nos ha contratado”

Era un lamento de los jornaleros. Éstos esperaban y buscaban, pero no siempre encontraban  el propietario que los contratase. Y allí esperaban horas y horas, más que aburridos, desesperados. Como sucede a gente sin trabajo, que es experiencia de cada día. Caía la tarde y aquello no se movía. Tuvo que sonarles a broma de mal gusto que un propietario les dijese: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Quizá aquellos trabajadores bajaron la cabeza y como avergonzados se atrevieron a respondieron: “Nadie nos ha contratado”.

Hay cristianos que quieren trabajar en la viña del Señor. Esperan que alguien les llame.

“No te hago ninguna injusticia”

Parecería injusto que Dios, encarnado en el contratista, pagase lo mismo a los primeros que a los últimos. Así lo entendieron ellos. Pero no Dios: “Amigo, no te hago ninguna injusticia”. Dios conoce los corazones mejor que nosotros. Y es que los últimos no eran unos holgazanes; es que nadie les había contratado. ¿Hemos pensado lo mal que lo pasarían durante todo el día estos últimos pensando que iban a volver a casa sin llevar algo entre las manos para que pudieran cenar sus hijos? Tuvo que ser una espera que se les hiciese larga y angustiosa, más dura que el trabajo que no hicieron a lo largo del día porque nadie les contrató.

Para la semana: No perdamos tiempo preguntándonos qué nos van a dar por trabajar en la viña del Señor, porque “a jornal de gloria no hay trabajo grande”.