No se turbe vuestro corazón

“NO SE TURBE VUESTRO CORAZÓN”

Hechos 6, 1-7 | 1 Pedro 2, 4-9 | Juan 14, 1-12

Parecería que Jesús nos está hablando en nuestro tiempo de pandemia, aunque Él no conociese esta palabra. El escenario del evangelio de este domingo es la última cena, que fue, en la versión de san Juan, una cena compleja. En ella tuvieron lugar diversos aspectos (no sólo la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies), que dejaron desconcertados a los apóstoles: la salida de Judas, las predicciones de las negaciones de Pedro y el anuncio de la marcha de Jesús a la muerte.

Un escenario concreto
La traducción que nosotros hacemos de las palabras pronunciadas le quitan quizá un poco de “morbo” a las mismas. La palabra que acabamos de proclamar en la lectura del evangelio es “turbación”. Otros autores prefieren utilizar la palabra “angustia”: “No estéis angustiados”. Cualquiera de las dos palabras habla de un estado de ánimo de sentimientos encontrados. Es lo que nos pasa a nosotros cuando observamos diversos sucesos en los que nos toca vivir. Hay muchas personas turbadas o angustiadas. Quizá también nosotros estamos angustiados.

Jesús es consciente del escenario
Jesús se dio cuenta de que los apóstoles estaban desconcertados. Más aún, estaban turbados o angustiados. Como también se da cuenta de nuestra turbación y angustia, sobre todo de los más afectados. Y para todos tiene las mismas palabras, quizá no las que nosotros queremos y deseamos. Jesús nos sorprende cuando afronta las situaciones de la vida. Jesús tiene para ellos una palabra que no esperaban. Como quizá tampoco nosotros la esperamos:

“No se turbe vuestro corazón”
Las palabras de Jesús ante este estado de ánimo –mejor, de desánimo- que ha captado en sus apóstoles, son palabras de ánimo: “No se turbe vuestro corazón”. Respiraron un poco. Esto les alivia. Quizá pensaron que Jesús haría un milagro. Las palabras de Jesús van directas al corazón, porque al corazón va todo y del corazón sale todo. Y estas palabras fueron:

“Creed en Dios y creed también en mí”
Jesús, que se pone en línea con Dios, no hace un milagro. Basta con que diga unas palabras (palabras “milagrosas”), unas palabras que ellos no esperaban: “Creed en Dios y creed también en mí”. Los apóstoles en esos momentos preferían otras palabras, otros gestos, otras acciones. Pero Jesús sabía lo que decía. Creer en Dios y creer en Jesús es tener confianza en ellos. La confianza no es dejadez. La confianza es generosa entrega a lo que el Padre y Jesús despierta en todos nosotros para todos. Como ha hecho Jesús: “Yo sé que Tú siempre me escuchas”, reza Jesús al Padre. Y confiado en Él se entregó hasta el desgaste, hasta la muerte.

Para la semana: en esta situación de pandemia preocupémonos, pero no nos angustiemos. La confianza en Dios y en sus hijos activará nuestro presente y nuestro futuro.