Manos con Rosario orando

Oración

Eclesiástico 35, 12-14.16-19ª | 2 Timoteo 4, 6-8.16-18 | Lucas 18, 9-14

La liturgia de la palabra lleva unos domingos insistiendo en la oración. No cabe duda de que la oración es un referente importante en la vida del cristiano, del discípulo de Jesús. Jesús oraba mucho. Con frecuencia se iba al monte a pasar la noche en oración; otras veces se levantaba temprano y hacía lo mismo. Y hasta el final de su vida, cuando le iban a prender, seguía orando: la oración del huerto (o en el huerto), decimos.

Un contraste cristiano
En cambio, los apóstoles no oraban mucho. Le pidieron a Jesús que les enseñase a orar. Seguramente se lo pidieron para ser menos que los discípulos de Juan. Pero ellos no oraban mucho. Desde luego no acompañaban a Jesús cuando éste iba a orar. Ellos se acostaban pronto y se levantaban tarde. Y sólo entonces iban a su encuentro al lugar donde sabían que lo iban a encontrar, donde solía retirarse a orar. Tú, ¿qué harías?

No basta con orar
A pesar de todo, no parece cierto que se ore poco. Que haya muchos que no oran no quiere decir que ganan los no orantes. Basta con echar una mirada a la literatura sobre oración para constatar que abundan oraciones. Parece como si hubiera máquinas para hacer oraciones.

Oración fatua
Quizá fuera mejor hablar de orantes fatuos (fatuo significa “ridículamente engreído o vanidoso”). Pero nos entendemos. No basta con orar. También la oración puede pervertirse. Los orantes pueden pervertir incluso lo más sagrado. Es una desgraciada posibilidad que nos ronda. La pervierten, por ejemplo, los “fariseos”. Lo dice Jesús en la parábola de este domingo. La parábola los describe con sencillez llamativa. Casi los ridiculiza. Pero…, por algo será. Jesús no perdía el tiempo ni abochornaba a nadie sin fundamento

Oración humilde
También aquí quizá fuera mejor hablar de orantes humildes. Cuando santa Teresa de Jesús prepara a los orantes insiste en que sean humildes. Es lo “principal”, dice ella, que sabía de oración. Llama la atención la insistencia con que Teresa de Jesús lo recuerda. Y esto no fue un invento de Teresa. Ya en el Antiguo Testamento lo vemos claro. Lo hemos proclamado este domingo en la primera lectura: “La oración del humilde atraviesa las nubes”, llega hasta Dios.

Bajar a casa
Bajar a casa es volver a la vida cotidiana. La oración que no amasa (acompaña) la vida, difícilmente podría llamarse oración cristiana. La vida transita entre alabanzas y peticiones. El humilde todo lo hace bien. El vanidoso, todo lo viste mal.

Para la semana: Recuerde: “Humildad es andar en verdad”: “estamos ricos, somos pobres”. ¿Qué le dice a Dios cuando ora?