En este momento estás viendo «ORAR SIEMPRE SIN DESFALLECER»

 

Éxodo 17, 8-13 | 2 Timoteo 3, 14-4, 2 | Lucas 18, 1-8

De nuevo una parábola (algo tan frecuente y familiar en el evangelio). Y en esta ocasión la parábola se nos abre desde el comienzo: “una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”.

Una viuda ante un juez

Las viudas también están presentes en el Evangelio. Jesús no las olvidó. Y de ellas también se aprende. Parecen perder parte de la fortaleza que tenían al lado de su marido. Sin él parecen estar solas. Pero no es así. La viudedad no anula la fortaleza de la mujer. La viuda de la parábola de este domingo conoce al juez, un juez poco atractivo, por no decir injusto. Y ella no teme ir ante él y espetarle: “¡Hazme justicia contra mi adversario!”. Valentía. Pedía lo que era justo. Haberse callado habría sido cobardía, una actitud que no es virtuosa, aunque parece que con frecuencia la tenemos muchos. Quedarse quietos y callados ante las injusticias, personales o comunitarias, no es virtud, no es actitud evangélica.

No moleste. Déjeme en paz.

Seguramente los jueces -y no solo ellos- son personas de mucho aguante. Tienen que oír de todo y a todos, pasar horas y horas escuchando de todo. Quienes no somos del ramo decimos: tiene que ser una tarea muy aburrida. Es normal que se cansen. Dan la impresión de que son mejores que el “juez injusto” de la parábola de este domingo. Y a lo mejor el cansancio les inclina a terminar el juicio por cansancio o por otras sinrazones.

Los jueces son pacientes y quizá todos tenemos que aprender de ellos paciencia frente ante las realidades de la vida. No seremos jueces, pero con frecuencia juzgamos más que los jueces. Y, por supuesto, no tan bien como ellos. Pero no son infalibles. Y si hay que acudir a los jueces, se acude con todas las de la ley, sin escuchar un posible: “No moleste, déjeme en paz”.

Son muchas-os quienes piden justicia

Nuestro tiempo y nuestros pueblos, como seguramente y con sus modulaciones particulares todos ellos, unos más que otros, piden justicia. Y la justicia no llega o se queda en palabas muertas. Es demasiada la injusticia para no verla. Ni siquiera sabemos si está en camino. La injusticia es una trama o madeja difícil de desmadejar. Aunque echando una mirada a la humanidad no es difícil dar con injusticias intolerables. Todos somos responsables (aunque no igualmente) de las injusticias. Nuestra fe cristiana no puede desconocerlo y quedarse quietos y menos aún hacerse como uno de tantos.

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará acaso la fe sobre la tierra»?

Son las últimas palabras de la lectura evangélica de este domingo. Seguramente no pocos presentes en la celebración se preguntarán: ¿cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que dijera esto Jesús? Las palabras ahí están.  Para muchos, atentos, son una sorpresa, una gran sorpresa. Más aún, les parecerá casi un acertijo.

Echando una mirada sorprendida a buenos comentarios de la palabra de Dios, tampoco encuentra el lector una respuesta cercana entre ellos. No es una escapatoria quedarse con estas sencillas palabras: “Dios no faltará, de su parte, con su ayuda”.

Para la semana: La justicia es un buen camino para vivir y morir en la fe.