«OS DOY UN MANDAMIENTO NUEVO»

Hechos 14, 21b-27 | Apocalipsis 21, 1-5ª | Juan 13, 31-33ª.34-35

Jesús no tuvo reparo en “presumir” de maestro generoso y valiente ante sus “amigos” y les dijo, en un momento difícil para el mismo Jesús y para sus “amigos”:

“Os doy…”.

En esos momentos, otros no estarían para esas “bromas generosas”. “Nadie da lo que no tiene”, dice el refrán. Y Jesús parecía no tener nada en esos momentos finales de su vida. Pero dio lo poco que le quedaba. Y se atrevió a decirlo: “Os doy…”. A los apóstoles se les abrieron los ojos como platos. “¡A ver que nos da…!”. Necesitaban que les diesen algo. Eran momentos en los que también ellos estaban “desnudos”, sin nada, sin saber a dónde mirar ni a dónde ir. En el silencio más espantoso necesitaban al menos una palabra. Y se quedaron atónicos esperando. Jesús siempre les había tratado bien, aunque algunas veces les reprendió. Conocía sus debilidades y necesidades y siempre había sido generoso con ellos, aunque esa generosidad no fuera muy conocida ni siquiera entre ellos.

“Un mandamiento nuevo”

Y oyeron esas palabras: les daba un mandamiento nuevo. Jesús ofrecía: “os doy un mandamiento”. Mandamiento no era precisamente la palabra que más les gustaba oír a los apóstoles. La habían oído ya no pocas veces en el pueblo. Y los resbalaba.

El adjetivo “nuevo” les hizo despertar un poco. Eso no lo habían oído antes; o no le habían prestado atención al adjetivo nuevo. Pero todo lo nuevo y novedoso suscitaba -como sigue suscitando- curiosidad. Jesús, anclado en la palabra mandamiento, añadió en seguida: “nuevo”. Y quedaron a la expectativa. ¡Falta les hacía oír algo nuevo!

“Que os améis unos a otros”

Probablemente los Apóstoles se quedaron decepcionados. Esperaban algo más visible en la sociedad, algo de lo que pudieran presumir. La palabra amor les sonaba a poco. Para ellos, y en aquellos momentos, el amor era algo que se difuminaba. Puede pasarnos también a nosotros. Necesitaban -y necesitamos- apreciar el amor.

El cristiano identifica amor con caridad. Quizá nos suena mejor amor que caridad. Pero no es cuestión de sonidos, sino de vida. El amor se le escapa, la caridad se aploma en su alta actividad.

Debemos a San Pablo el hermoso himno de la caridad, himno que todo cristiano debería conocer de memoria y repetir con frecuencia, en todo o en partes: “La caridad es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa…, etc. etc.” (1ª Corintios13, 4-8).

El mismo san Pablo puso a este himno una introducción que no vale menos que el himno mismo: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tengo caridad, soy como un bronce que suena…, etc. etc. (1ª Corintios 13, 1-3).

“Como yo os he amado”

Jesús no recitó el hermoso himno de su seguidor Pablo. Es evidente. Pero puede decirse que Pablo recogió la amplitud del amor de Jesús y con él compuso su himno. Así los amó Jesús a sus Apóstoles y discípulos, aunque muchas veces no lo reconocieran.

Para las semanas (sí, en plural): Meditaré con frecuencia uno o dos versos del himno y los llevaré al corazón y a la vida.