“SI ALGUNO ME AMA, GUARDARÁ MI PALABRA”

Hechos 15, 1-2. 22-29 | Apocalipsis 21, 10-14. 22-23 | Juan 14, 23-29

 

Se acercaba ya la Ascensión de Jesús resucitado a los cielos (lo celebraremos el próximo domingo) y como buen conocedor de sus apóstoles y seguidores quiso dejarles unas últimas palabras, esas que no olvidan, que prolongan la presencia. No era sencillo lo que les decía. Pero, en cualquier caso, Jesús no se privó tampoco al final de su vida de ser el maestro, su maestro. Los apóstoles y discípulos le habían oído muchas veces. Pero el buen maestro, como buen maestro y amigo, sabía que le quedaban palabras que ellos no olvidasen en su ausencia. Y se puso a hablarlos.

“Si alguno me ama…”.

Empezaba Jesús de una manera peculiar: “Si alguno me ama…”. Podrían haberle dicho los apóstoles: “¡cómo si alguno te ama!”. Pero, Maestro, tú sabes que te amamos y te queremos todos. Contigo hemos comido, caminado, vivido… Tú sabes… que, aunque pobres de todo, nos has cambiado la vida. No somos los de antes, aunque nos queda todavía mucho que recordar, aprender, cambiar y comunicar. Estar contigo ha sido una experiencia singular.

No obstante, Jesús no hablaba por hablar. Tenía sus… miedos. Y, por si acaso creyó oportuno decir: “si alguno me ama”. Y añadió: “el que no me ama…”. Pero vamos a dejarlo de momento, para darnos más tiempo con lo primero: ¿amamos a Jesús?

“Guardará mi palabra”

Algunos autores traducen esas palabras así: “el que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje”. Quizá suena mejor de esta última manera. Jesús piensa en el futuro, cuando ya no esté visiblemente con y entre ellos. En realidad, sin embargo, entendemos lo que dice el texto como más cercano a las palabras limpias de Jesús. Podía repetir: “guardará mi palabra”. Escuchamos con frecuencia en nuestras celebraciones esto: “palabra… de Dios”. Nos hemos acostumbrado a decir y escuchar: “palabra… de Dios”. Y esta forma de decir y escuchar nos acompaña frecuentemente. Puede ser que de tanto escucharla la digamos y escuchemos con cierta rutina. Pero puede ser también que la digamos y escuchemos con agradecida escucha. La palabra de Jesús no puede desaparecer entre los amodores de Jesús.

“Mi Padre le amará”.

La palabra de Jesús fue siempre palabra del Padre. Y palabra de padre. El Padre ama a quienes aman a su Hijo. El Padre habla poco. Como hacen los padres. Ellos están en el mundo a la espera del hijo. Y éste hace cercano al padre. Este se goza en el hijo, y el hijo agradece al padre, que le espera en casa, en su morada. “¡¡Como en casa en ningún sitio!!”. No conocemos todavía bien esa morada, esa casa. Pero “ya está comprada”. Es nuestra casa. La casa de nuestro padre es nuestra casa. En ella encontramos siempre la presencia del Hijo. Un día escucharon decir al Padre: “Este es mi Hijo, escuchadle”.

Para la semana: “¡Obras son amores, y no buenas razones!”. “El que me ama guardará mi palabra”. Meditación para esta semana.