«¡TE VAS AL INMORTAL SEGURO!»

Hechos 1, 1-11 | Efesios 1, 17-23 | Lucas 24, 46-53

Una “mala” noticia

Jesús había dicho a los apóstoles: “Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya” (Juan 16,7). Estas palabras resonaron en los oídos de los apóstoles como un trueno en tempestad. Los apóstoles no digerían estas palabras de Jesús. Era una mala noticia. Les parecía imposible. Pero, a la vez, estaban convencidos de que Jesús no engañaba. Si lo había dicho, la cosa iba en serio. Y era más que comprensible que estuvieran tristes.

 “Y dejas pastor santo…”

Un gran poeta español, fray Luis de León, versificó la interioridad de los apóstoles ante esta situación con una queja sentida: “¡Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto, y tú rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro!… Te llevas el tesoro… Nube envidiosa…”. Y así seguía el poeta. Merece hacer de esa poesía una oración.

Una “mejor” noticia

Seguramente todos habríamos querido conocer a Jesús como una persona cualquiera: hablando, trabajando, corriendo, riendo, etc. Nos parece que nosotros no le habríamos hecho lo que le hicieron sus conciudadanos. Pero estamos equivocados.

Jesús era más “listo” que todos nosotros. Y él dijo, y no en un momento fácil: “os conviene que yo me vaya”. Probablemente alguno de ellos no había oído bien. Pero sí, todos habían oído bien. No querían que llegase ese momento. Pero ese momento llegó, como llega todo lo que sale de los labios de Jesús. Pero le quedaba algo más que decir:

“Os voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre”.

Los apóstoles se quedaban inquietos. Jesús les hablaba de promesas y ellos no entendían mucho. Fueron días demasiado fuertes para que los entendieran unos pobres pescadores. ¿Qué promesa era esa? Ellos querían algo en las manos. Pero Jesús no andaba por las manos.

 La fuerza del Espíritu Santo”

Esta era la gran promesa del Padre. Pero de momento no era más que promesa. Los apóstoles aún estaban muy verdes. Tuvieron que ser días… verdes. No todo era coser y cantar, y ver milagros, y ver gentes que le seguían… No veían claro. No estaban para ser los testigos de Jesús (“seréis mis testigos”, también les había dicho). Se escondían. Tenían miedo. Dudaban. “Y se quedaron mirando al cielo”, “al inmortal seguro”.

Para la semana: El próximo Domingo celebraremos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, la promesa del Padre, que no se cansa de “enviar”. Él iluminará nuestras vidas.