“UN CORAZÓN PARA AMAR”

Génesis 2, 18-24 | Hebreos 2, 9-11 | Marcos 10, 2-16

San Juan de la Cruz hizo famosos unos Dichos de luz y amor. Y uno de ellos dice así: “Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor”. El amor es el valor más preciado de la vida. Y también el más necesario y difícil, porque el que algo quiere, algo le cuesta. El amor hace semejanza entre el amante y el amado. La liturgia de hoy se centra en el amor del hombre y la mujer en el matrimonio. Es lo primero que encontramos al abrir la biblia: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”.

 Una experiencia dolorosa

Es doloroso constatar la frecuencia de los divorcios en una sociedad que se dice avanzada. Hablamos solo de frecuencia, de una frecuencia que convierte casi en ley la naturalidad con que rompen su convivencia personas que la habían unido impulsadas por el amor. Considerar esta frecuencia como un avance y progreso cultural parece extraño.

Una experiencia muy antigua

Al mismo tiempo hay que reconocer, sin embargo, que el divorcio no es un invento del mundo moderno. Los pueblos antiguos, incluido el pueblo de Dios, lo conocieron y practicaron. En tiempos de Jesús –y nos lo recuerda el evangelio de hoy- los fariseos se le acercaron, aunque fuera para ponerlo a prueba, para preguntarle si era lícito divorciarse de su mujer, porque Moisés permitía al hombre hacerlo (no habla de la mujer): “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”.

Y Jesús responde

Aunque seguramente con hipocresía por parte de los fariseos, éstos esperaban la palabra de Jesús. Jesús no les negó que Moisés hubiera permitido dar el acta de repudio. Pero no se calló. Es más: la pregunta de los fariseos le proporcionó la ocasión para expresar su pensamiento: Jesús les dijo: “Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto”. ¿Pero al principio de la creación, Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Y lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

Los discípulos preguntan y Jesús responde

Los discípulos estaban acostumbrados de escuchar a su Maestro cómo respondía a todos los que le preguntaban y cómo había hecho callar a muchos; incluso a avergonzarlos. Eran para ellos momentos de gozo y hasta de presunción. En esta ocasión se quedaron un poco perplejos. Y “ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre lo mismo”. No se habían quedado contentos o no habían entendido bien las cosas. Y si a otros contestaba, a sus discípulos los enseñaba sin sentirse molesto. Tampoco en esta ocasión.El les dijo: quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Parecía un poco seco. Se quedaron pensativos. Y hasta en otros momentos habían dicho: “Si esta es la condición del hombre y la mujer…, no tiene cuenta casarse”. La cosa no era sencilla. Tampoco ahora. No obstante, las palabras de Jesús siguen resonando en nuestra sociedad. Seguramente viene a decir: la cosa es difícil, pero no lo olvide: es cosa del corazón, del amor.

Para la semana: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Ni la mujer. Ambos son hechura de Dios y los quiere amorosamente unidos.