“YO NO SOY EL CRISTO, SOY LA VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO”

Isaías 61,1-2ª.10-11 | Primera carta a los Tesalonicenses 5, 16-24 | Juan 1,6-8.19-28

El domingo pasado decíamos: vamos a Belén, impulsados por Juan Bautista, consolando por el camino a los desconsolados, angustiados, etc. Era el Evangelio según San Marcos el que percibía esto en el niño a nacer en Belén. Hoy el Evangelio según san Juan, sin negar lo dicho por San Marcos (más aún, ratificándolo) se detiene en otro aspecto del mismo Juan Bautista: el que grita (clama o proclama, es lo mismo): “Rectificad el camino del Señor”. Gritar es testificar, dar testimonio. Se grita con la palabra y con la vida. Hay palabras que se oyen; y hay “palabras” que se ven. De unas y otras es modelo Juan Bautista, aunque no sea el único.

“Los judíos enviaron a preguntarle”.

Juan Bautista intrigaba a sus contemporáneos. Llamaba la atención sin pretenderlo. Era menos atrevido que sería después Jesús. Pero su vida era observada. Y a él se acercaban, a veces como enviados por quienes no se atrevían a dar la cara. Y le comían a preguntas.

También nosotros somos observados. Vivimos en comunidad, civil o religiosa. Y nos preguntan. Quizá no sabemos claramente quiénes nos observan; pero nos observan. Son curiosos; o quizá no sólo son curiosos. Hay quienes nos observan porque ven en nosotros algo que les llama la atención. Mezclados de curiosidad, intriga y pensamiento, somos espectáculo para el mundo, para nuestros cercanos (como ya decía san Pablo escribiendo a los primeros cristianos de Corinto).

Una persona sincera.

Juan Bautista era sincero. Sincero y educado. Juan Bautista podía haber despachado a quienes le preguntaban: “y a ustedes, ¿qué les importa?”. Pero esos no eran los métodos ni modales de Juan Bautista.

El evangelio de este domingo nos  presenta a Juan Bautista con esta actitud: “El confesó, y no negó”. Es una buena actitud, inteligente y sincera. No le dio vergüenza testimoniar, sabiendo que Jesús era despreciado y perseguido por los judíos. Ante ellos les dijo claro que Jesús estaba por encima de los personajes sagrados del Antiguo Testamento, que era precisamente el que ellos habían profetizado como viéndole de lejos, que era la novedad definitiva de Dios. Y no escondió su relación con Jesús.

“Gritar en el desierto” 

Gritar en el desierto es hacerlo convencidos de que no tendrá efecto lo que gritemos, que serán palabras que se lleva el viento. Ello puede llevar a la indiferencia. Juan Bautista gritaba, a pesar de todo. ¿Y qué gritaba? “Rectificad el camino del Señor”.

Quizá la palabra “gritar” no suena bien. Es la palabra que nos pone hoy la liturgia. Generalmente se decía: clamar, proclamar. Pongamos hoy “testimoniar”. En cualquier caso, hay que ser conscientes de que cualquiera de estas palabras nos invita a dar testimonio de Cristo, Hijo de Dios encarnado en la historia humana, con palabras, gestos, silencios, etc. o de otras muchas maneras. Y en la cuna, una cuna pobre, llamó un día a la puerta de la humanidad y sigue llamando a nuestra puerta.

Para la semana: También en Adviento-Navidad en tiempos de pandemia podemos gritar: “Rectificad el camino del Señor”.