“YO SOY LA VID VERDADERA” “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto“

Hechos 9, 26-31 | 1 Juan 3, 18-24 | Juan 15, 1-8

Este tiempo de resurrección es muy adecuado para conocer a Jesús e intimar con él, con su persona resucitada y con sus palabras. Psicológicamente en este tiempo estamos como más preparados para acercarnos a la persona de Jesús, a escuchar sus enseñanzas, a verle por la tierra, pero una tierra ya resucitada.

La semana pasada Jesús mismo se nos presentaba como el buen pastor. Hoy se nos presenta, resucitado, confesándose otra vez con palabras sencillas y profundas a la vez: “yo soy la vid verdadera”. Aunque hijo del carpintero, a Jesús le gustaba el campo: sencillo, locuaz, cercano… Y sabía que el campo era familiar a sus oyentes. Sin despreciar otros contextos que parecen más ideológicos, como cuando dice de sí mismo: “yo soy el camino, la verdad y la vida”. Pero aprovechemos las imágenes camperas.

“Yo soy la vid verdadera”

La semana pasada la liturgia llamaba la atención sobre un adjetivo significativo: “yo soy el buen pastor. No cualquier pastor, porque hay pastores que son simplemente asalariados. También hoy hay un adjetivo: “verdadera”, es para tenerla en cuenta: “Yo soy la vid verdadera”, la vid que da buen fruto. Hay vides que dan agraces. Son negativas. Jesús no alaba los agraces. El cristiano que escucha a Jesús recuerda con frecuencia los racimos de las vides, no los agraces. Una meditación sencilla será muy provechosa para conocernos y convertirnos. No quiere pampas engañosas, quiere racimos grandes. Quiere frutos de vida nueva, resucitada.

“La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto“

Las últimas palabras del evangelio de este domingo son fundamentales: “la gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto. Quizá por ser las últimas palabras ya casi no se las hace caso. Debe ser todo lo contrario. Deben ser consideradas como destino último de todo lo que las precede. Pocas veces se oyen esas palabras. Piénselo. No las habrá oído casi nunca. Son evangelio puro.

Un texto teresiano

Santa Teresa de Jesús no era mujer de campo. Nació en una ciudad. No se pueden pedir peras al olmo. Pero sí era mujer intuitiva, realista y práctica, que fue dejando su vida por los caminos de España. Conocía a las personas; y conocía a Jesús. Su apellido lo dice todo: “de Jesús”. A sus monjas, y a sus lectoras/lectores trató muchas veces de desengañarlas de falsas creencias y de devociones “bobas” (“de devociones a bobas, nos libre Dios”, escribió).

Un texto de la Santa, entre otros muchos, viene hoy como anillo al dedo. Escribió: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión [con Dios] y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor”. Y acompaña estas palabras con una buena lista de situaciones reales en la vida donde se manifiestan las obras.

Para la semana: ¿Quieres dar gloria a Dios? “Obras quiere el Señor”.